Internacionalista Manni Spicer Saavedra (él) escribió esta reflexión en agosto de 2026.

En la parte rural del región Rabinal, cuesta encontrar transporte adecuado a través caminos angostos y sinuosos. Foto de NISGUA, 2026.

Con otre acompañante, espero en un paso elevado de la carretera por un taxi que ya ha cancelado tres veces seguidas, viendo cómo el ícono de un pequeño auto negro avanza, se detiene e inevitablemente retrocede como una pequeña mosca sin rumbo entre las arterias congestionadas de la ciudad. Un árbol nos da sombra; el sol es, debo admitirlo, agradable. Acabamos de bajarnos de un autobús escolar readaptado y decorado —los infames “chicken buses” de Guatemala— después de un viaje de cinco horas por caminos de tierra estrechos y sinuosos que dan náuseas. Para tomar este bus, habíamos caminado 45 minutos cuesta arriba por una montaña desde donde nos hospedábamos la noche anterior, a donde llegamos tras otra serie de taxis, buses y rutas improvisadas de pick-up por el barrio.

Las indicaciones que seguimos para llegar hasta aquí: bajar; encontrar el cruce en el río; llegar a la casa de la hija y llamarla por su nombre; pasar la roca pintada con un Quetzal; llegar al cruce marcado por el anuncio de Ferromax; esperar; esperar; esperar, o seguir caminando para buscar otro transporte; ¡súbanse!; bájense; seguir el único camino hacia abajo hasta el pueblo y buscarme trabajando en la zanja; ahora, subir la montaña.

Para todo el esfuerzo que nos costó, llegamos a esta región más bien sin ceremonias. A diferencia de otras salidas que había hecho anteriormente, donde las comunidades nos habían invitado a conmemorar el aniversario de una masacre o a acompañar a una delegación internacional que venía a su territorio, este viaje se sentía sin motivo aparente. No había ningún evento que atender; ninguna reunión a la que sumarnos; ninguna nota de prensa o interpretación necesaria; ningún incidente de seguridad que requiriera nuestra presencia. En efecto, estaba ahí solamente para conocer a nuestras contrapartes y familiarizarme con su comunidad. Madrugadas y taxis impredecibles hacia buses de larga distancia, horas de espera a un lado de la carretera por una pick-up que tal vez nunca llegue, y tanto, tanto tráfico —todo para simplemente sentarse, tomar una taza de café y estar presentes con aquellas con quienes mantenemos relaciones.

En este punto como acompañante, ya había enfrentado el alto nivel de paciencia que requiere el trabajo —que el “acompañamiento” implicaría distancias tan largas recorridas, horas de planificación logística y empujar al cuerpo al agotamiento. Sin embargo, para esta salida en particular, no pude evitar preguntarme: ¿a qué equivale todo este trabajo? ¿Por qué soportaríamos tal viaje si no había un resultado tangible?

Al final, ¿qué valor añade nuestra presencia a esas contrapartes con quienes afirmamos estar en solidaridad?

Exhausto en lo alto de un paso elevado, mi nueva duda me llevó a reflexionar sobre el legado del acompañamiento que nos trajo hasta este punto. Esa reflexión, sobre mi lugar en esta historia más amplia, continúa a continuación.

La violencia que atrajo la atención del mundo

En términos concretos, este acompañamiento es lo que hago para NISGUA, la Red de Solidaridad con el Pueblo de Guatemala. A algunas personas he explicado de manera algo irresponsable lo que eso significa en el día a día. He utilizado la imagen de un “escudo humano de carne” para transmitir la idea de mí, un cuerpo frío, intercambiable y, en virtud de portar un pasaporte estadounidense, valioso, situado entre una persona vulnerable —sea une testigue de alto perfil, una persona defensora Indígena de la tierra o une periodiste disidente— y la violencia estatal.

Profundizaré más adelante en por qué esa imagen es problemática; por ahora es útil, al menos para explicar una teoría particular que sustenta el acompañamiento internacional: la presencia protectora. Esta teoría surgió en la década de 1980 entre grupos de Europa y Estados Unidos que se enteraron de la violencia extraordinaria que ocurría en Centroamérica en aquel entonces —principalmente en Guatemala, El Salvador y Nicaragua. La propia NISGUA surgió en 1981, cuando el régimen militar impulsó la ya prolongada guerra civil de Guatemala hacia un período distinto marcado por una brutalidad jamás vista sobre la población civil. Altos mandos militares como Benedicto Lucas García y el pronto dictador Efraín Ríos Montt llevaron a cabo violentas limpiezas en los territorios destinadas a erradicar el movimiento guerrillero insurgente, al que etiquetaron como el “enemigo interno”.

En realidad, sin embargo, el “enemigo interno” podía convertirse convenientemente en cualquier sujeto que el Estado buscara disciplinar: maestros organizando un sindicato; trabajadores de plantación endeudades (campesines) exigiendo su pago; mujeres solteras; miembros del clero católico distribuyendo ayuda mutua; y, de la manera más violenta, los pueblos Indígenas, que se resistían a la asimilación total a la nación moderna de Guatemala. Así, en 1982, Ríos Montt —respaldado política, técnica y financieramente por Estados Unidos— atacó específicamente a la comunidad Maya Ixil en el remoto departamento septentrional de Quiché para supuestamente “combatir a la izquierda” mediante una campaña de tierra arrasada cuidadosamente diseñada [Fuente, solo en ingles]. En lugar de erradicar del país a las organizaciones comunistas militantes, la violencia que siguió devastó a la población civil Indígena; para cuando dicha campaña hubo terminado, entre el 70 y el 90 por ciento de las comunidades Mayas Ixiles habían sido arrasadas. [CEH (Comisión para el Esclarecimiento Histórico) 1999b. Guatemala: Memoria del Silencio, pág. 40. Ciudad de Guatemala: CEH.] Estos asesinatos sistemáticos, tortura y despojo llevaron tanto a Ríos Montt como a Lucas García a juicios por genocidio. En el caso de Lucas García, tras 99 audiencias realizadas en  2024, la defensa logró anular el juicio y retrotraerlo a una etapa procesal anterior, proceso que aún no se ha concretado.

Las limitaciones de la presencia protectora

En respuesta a estas atrocidades, grupos de solidaridad del Norte Global —principalmente de Estados Unidos, Canadá y Europa Occidental o Septentrional— desarrollaron la presencia protectora como estrategia de disuasión. Volaron y pusieron sus cuerpos sobre el terreno, con la idea de que estar presentes y dar testimonio no solo prevendría tal violencia, sino que también atraería atención internacional hacia estas violaciones de derechos humanos que de otro modo podrían fácilmente ser barridas bajo la alfombra de la historia.

Esta teoría de la presencia protectora funciona sobre dos supuestos fundamentales: primero, que algunos cuerpos son más valiosos que otros para la comunidad internacional, y quienes tienen más valor pueden intervenir para proteger a poblaciones vulnerables a la violencia estatal. El valor de estos cuerpos no puede darse por sentado; más bien, es arbitrado por órdenes de poder muy específicas que han privilegiado a ciertas personas sobre otras en términos de capital, influencia cultural y, lo más relevante para el trabajo de acompañamiento, atención internacional. En general, los ciudadanos del Norte Global, y en particular les blanques, tienen el dinero y los privilegios de viaje para comprar un billete de avión y salir cuando las cosas se complican; su influencia singular en la cobertura mediática y sus extensas conexiones sociales hacen que cualquier daño potencial que se les cause tenga consecuencias; y tienen acceso único a palancas de poder nacionales o internacionales que podrían actuar contra los violadores de derechos humanos.

Así, la presencia protectora sigue siendo útil sobre la base de un segundo supuesto: que la llamada “comunidad internacional” sigue siendo un actor político interesado, coherente y legítimo para mantener la violencia estatal a raya.

Un grupo de acompañantes de NISGUA caminan de regreso de una ceremonia de inhumación en Chimaltenango, Guatemala. Foto de NISGUA, abril 2026.

Para quienes han sido criades para sostener el valor de su vida como un hecho dado —vidas garantizadas y sostenidas por una serie de derechos médicos, educativos y jurídicos— el primer supuesto podría resultar fácil de asumir. Hablando por mí mismo, nunca he dudado que mi vida sea valiosa ni he tenido que luchar para que ese valor sea reconocido. Con mi educación liberal de California orientada a la justicia social, he sido objeto de inversión activa por parte del capital social y financiero para “salir y hacer el bien en el mundo.”

Sin embargo, al reflexionar sobre mi posición en relación con nuestras contrapartes, queda claro que mi cuerpo —equipado con un chaleco de apariencia formal y un pasaporte estadounidense— deriva su valor de sistemas de capital e intercambio cultural que desvalorizan exactamente a las personas guatemaltecas: la jerarquía colonial, la política laboral y la movilidad global de las que me beneficio a expensas de ellas. Este valor brota de un pozo de poder global sostenido por Estados Unidos de América, con su influencia cultural de gran alcance y una historia demostrada de intervencionismo que actúa como una especie de escudo que me protege las espaldas. Sin ello, mi cuerpo sería igual de vulnerable a la violencia con la que amenazan a nuestras contrapartes.

En contraste con este poder fácilmente asumido al que accedo como acompañante, nuestras contrapartes deben organizarse precisamente para insistir en el valor de sus vidas a pesar de un Estado que una vez dispuso de ellas tan claramente en el Conflicto Armado Interno —uno que continúa despojándolas de su tierra y autonomía.

Este es el bagaje del acompañamiento que estoy desempacando en mi rol con NISGUA hoy. A medida que el acompañamiento evoluciona como estrategia continua de solidaridad internacional, corresponde a acompañantes como yo confrontar esa posición y desafiar activamente su presunción de poder. Esta reflexión es parte de esa confrontación.

Al valorarnos no por nuestra cercanía a instituciones poderosas sino más bien por la fuerza de las relaciones que construimos con nuestras contrapartes, podríamos sostener mejor la lucha a largo plazo por la autodeterminación en el Sur Global a medida que se separa de los estándares e intereses del Norte Global.

El colapso de las normas internacionales

Esta ruptura no solo sirve a nuestro compromiso político de valorar a quienes acompañamos en sus propios términos; frente al colapso de las normas internacionales, también es cada vez más una necesidad práctica. Aunque la disuasión sigue siendo un factor en el acompañamiento internacional, nuestras contrapartes ciertamente no nos piden que intervengamos y las “protejamos”. Las comunidades pueden movilizar a los acompañantes en momentos específicos para enfrentar tácticamente la amenaza de violencia, y nuestra labor es estar disponibles en caso de que ellas mismas calculen el beneficio de nuestra presencia. En estos cálculos, hay que tomar en cuenta el estado de la política internacional y, como tal, enfrentar el continuo desmantelamiento del orden internacional que alguna vez obligó a las naciones a ciertos acuerdos.

La decisión del Brexit en 2020 y los repetidos ataques de la administración Trump a la Corte Penal Internacional son solo dos ejemplos que demuestran la corriente antiglobalista que ha tomado control de la derecha política. Organismos internacionales que alguna vez tuvieron peso en la política nacional han sido, al parecer, debilitados por este movimiento. A medida que la extrema derecha global intensifica su poder y desdeña las normas que alguna vez sostuvieron incluso las democracias liberales más conservadoras, las consecuencias internacionales de los abusos de derechos humanos pueden dejar de ser un disuasivo tan eficaz contra la violencia.

Marcha en solidaridad con los pueblos de Palestina y Líbano para conmemorar un año de terror y genocidio cometidos por el Estado de Israel. Foto de NISGUA, octubre de 2024.

Esto nos lleva al fracaso del segundo supuesto: que la “comunidad internacional” ya no tiene el interés, la coherencia o la legitimidad que disfrutaba cuando el acompañamiento se desarrolló por primera vez como estrategia política. Además, su supuesta preocupación por los derechos humanos, si es que alguna vez existió, tiene poca cabida en la geopolítica —el genocidio en Gaza, si acaso hace falta un ejemplo, lo ha dejado claro.

El genocidio de Guatemala guarda muchas diferencias con el de Palestina, y especialmente el despliegue de acompañantes internacionales. A diferencia de la Cisjordania ocupada, donde acompañantes continúan viviendo entre las comunidades palestinas y documentando, si no disuadiendo, la violencia de colones israelíes, el pueblo Maya Ixil no se benefició de tal presencia sobre el terreno. En cambio, les sobrevivientes de estas masacres en la década de 1980 huyeron soles a las montañas o buscaron refugio en México. Solo después, una vez que los regímenes militares cayeron del poder y estas personas refugiadas regresaron para reconformar sus comunidades, nuestros grupos de solidaridad proporcionaron presencia protectora.

Estas personas refugiadas pudieron obtener una medida de seguridad —física y psicológica— al ser personas blancas quienes acompañaron su reintegración a la vida civil. Una de las razones por las que esta presencia protectora fue efectiva fue el hecho de que, en la década de 1990, Guatemala quería limpiarse del abismal historial de derechos humanos de su reciente dictadura militar. La interferencia militar en el proceso de reintegración, al que les acompañantes habían dado visibilidad internacional, pondría en peligro el interés declarado del gobierno de transicionar del régimen autoritario brutal hacia una democracia civil.

Hoy, sin embargo, el llamado internacional a la democracia civil parece haber menguado. ¿Cómo, o a quién, entonces, debemos articular nuestros llamados a la solidaridad?

La solidaridad en este momento político

A lo largo de los años en que NISGUA ha brindado acompañamiento, las poblaciones en riesgo de violencia estatal han cambiado conforme a la agenda de quienes detentan el poder. En los años 80 y 90 estuvimos directamente ubicades en comunidades en proceso de salir del conflicto armado. Hoy en día, acompañamos a una variedad de grupos que sufren las consecuencias de aquella violencia, divididos entre defensores de la tierra que enfrentan a corporaciones con licencias sobre sus territorios concedidas durante la guerra, y sobrevivientes que ahora llevan casos para procesar a los líderes militares del régimen. Les primeres luchan contra los aparentemente interminables intereses corporativos transnacionales que codician su tierra; les segundes se arriesgan a exponer los crímenes de algunas de las personas más poderosas del país. En ambos casos, estos grupos luchan contra quienes obtuvieron y mantuvieron su poder mediante el despojo de nuestras mismísimas contrapartes que perdieron su tierra y su sustento durante el conflicto.

Tanto más importante, entonces, es la relación de solidaridad que ha resistido cuarenta años de violencia. Vinculando esta historia con la lucha contemporánea, el acompañamiento a largo plazo responde a más que momentos de violencia aguda; responde al cuidado y la confianza que invertimos en estas comunidades como lo hemos hecho desde aquel tiempo de conflicto armado. Con estas redes volviéndose más fuertes, no necesitamos recurrir nuevamente a los árbitros de la justicia internacional ni depender de este poder precario para intervenir cuando la violencia se intensifica.

Al continuar presentes en estas relaciones, estamos honrando un compromiso que se asumió bajo circunstancias mucho más graves. Si bien en algún momento la importancia de les acompañantes pudo haber sido una cuestión aguda de vida o muerte, no es por esto que seguimos siendo invitades. Somos invitades una y otra vez porque en algún momento demostramos estar en verdadera solidaridad con su lucha, ser dignes de confianza, valorarles donde otres no lo han hecho.

Esta constatación me regresa al largo camino recorrido para encontrar nuestras relaciones donde están. Es agotador. Para un elenco rotativo de gringos que parece valorar tanto su tiempo, estas salidas pueden sentirse aburridas, excesivas, incómodas. Sin embargo, el valor de la solidaridad nace del trabajo de crear y sostener estas relaciones: no de la autoimportancia ni de una preocupación humanista de fachada, sino de un compromiso histórico, informado por principios y sobrio con su lucha. Desvincular nuestra solidaridad de los vaivenes de la geopolítica mundial implica reforzar nuestro compromiso con lo cotidiano, lo incómodo y lo que no atrae titulares.

Este no es un compromiso que se abandone cuando el camino se oscurece. Una vez asumidos, continuamos por el sendero que trazan estos compromisos de solidaridad, aunque la importancia o acción inmediata no esté tan clara. La responsabilidad de sostener estas relaciones aquí en Guatemala —el rol que asumo como acompañante— me antecede. Espero que, al transmitir este rol a futures acompañantes, pueda dejar estas relaciones fortalecidas por la buena voluntad, el cuidado y la solidaridad duradera, para que sigan creciendo.

Fuentes y lecturas recomendadas:

(1) The New York Times, April 25, 1982. “US Is Said to Plan Aid to Guatemala to Battle Leftists. https://www.nytimes.com/1982/04/25/world/us-is-said-to-plan-aid-to-guatemala-to-battle-leftists.html

(2) CEH (Comisión para el Esclarecimiento Histórico) 1999b. Guatemala: Memory of Silence, pg 40. Guatemala City: CEH

(3) ODHAG (Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala). 1998. Guatemala: Nunca Más. Informe del Proyecto Interdiocesano de Recuperación de la Memoria Histórica (REHMI). Guatemala City: ODHAG. https://www.odhag.org.gt/publicaciones/remhi-guatemala-nunca-mas/.