El 17 de septiembre, un tribunal guatemalteco responderá por fin a la pregunta que su familia lleva haciendo desde 1982.
El último día que alguien la vio
El 22 de noviembre de 1982, Luz Leticia Hernández Agustín cumplía 25 años. Era su cumpleaños. Y fue el último día que alguien la vio.
Ese día, fuerzas del Estado la capturaron, durante el gobierno de facto de Efraín Ríos Montt, en el tramo más sangriento del Conflicto Armado Interno. Nunca fue puesta ante un juez. No hubo registro de detención, no hubo explicación, no hubo nada. Se convirtió en una de las más de 45,000 personas detenidas y desaparecidas en Guatemala: un nombre más en una maquinaria construida para hacer desaparecer a las personas y dejar a sus familias viviendo con miedo para siempre.
Pero su familia eligió otro camino. Sus padres, Doña Valentina y el ya fallecido Don Jorge, nunca dejaron de buscar a su hija. Y sus hermanas, Marta y Mirtala, recogieron esa búsqueda y la llevaron adelante a su manera. Ni un solo día en 44 años.
Un camino larguísimo
La familia lleva décadas pidiendo justicia. En 2001, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos concluyó que el Estado de Guatemala violó los derechos más básicos de Luz Leticia —la vida, la libertad, la integridad, un juicio justo— y urgió al Estado a encontrar sus restos y juzgar a los responsables. Años después, el gobierno ofreció a la familia dinero. Dinero sin verdad, sin justicia, sin restos. Marta y Mirtala dijeron que no.
Hubo que esperar hasta 2023 para que el Ministerio Público acusara a Juan Francisco Cifuentes Cano, excomandante de un batallón de operaciones especiales de la Policía Nacional, por delitos de lesa humanidad y desaparición forzada. Y luego vinieron más años de apelaciones, dilaciones y tecnicismos. El juicio por fin comenzó el 5 de mayo de 2026, en la Ciudad de Guatemala.
Desde entonces, tres días por semana, las hermanas han subido las escaleras hasta el quinto piso del Palacio de Justicia. Escuchan horas de testimonio con los cuadernos llenándose en sus regazos. Hay días que reabren heridas que nunca terminaron de cerrar. Hay días en que todo se disuelve en trámites. Salen agotadas. Y vuelven. Siempre vuelven.
Lo que dijeron en el juicio
Cuando llegó el momento de las conclusiones, Marta no se anduvo con rodeos. El daño causado por el crimen, dijo ante el tribunal, ha sido «devastador, personalmente, familiar y socialmente». La culpabilidad quedó plenamente demostrada —y ella lo sabe bien: pasó seis meses trabajando como voluntaria en el Archivo Histórico de la Policía Nacional, el archivo cuyos documentos ayudaron a probarlo. Pidió la pena máxima: 170 años. Y pidió que se repare todo el daño causado.
También nombró algo que es fácil pasar por alto: lo que cuesta sentarse en esa sala. Durante estos meses, dijo, la defensa tergiversó la verdad. Ella fue objeto de calumnias, de difamaciones, de mentiras. «Por eso pido justicia.»
Sobre el acusado fue precisa: «Era un servidor público en 1982. Sabía lo que era la ley. Pero decidió servir a los macabros planes del Ejército de Guatemala».
Mirtala habló de otra manera. Casi no habló del acusado. Habló de Leti.
«Quiero recordar el amor de mi hermana: su bondad, su compasión, su amor. No la queremos olvidar, y no lo vamos a hacer. Ella vive en nosotras con cada una de sus acciones, y hoy reclamamos su derecho a la vida y su derecho a luchar.»
Pidió una condena —«después de no menos de 44 años de espera»— y amplió el marco: «No son solo nuestros derechos. Son los derechos de los pueblos de los territorios: por el agua, por la vida, por la alimentación, por la salud. Reclamamos también a todas las personas que defienden derechos».
17 de septiembre: la sentencia
El 17 de septiembre de 2026 se leerá la sentencia. Será la primera respuesta que el Estado da a Marta y Mirtala en más de cuatro décadas.
Estaremos pendientes y compartiremos el resultado en nuestras redes en cuanto se conozca. Mientras tanto, puedes escuchar a las hermanas en sus propias palabras:
La memoria no se borra
Sea lo que sea lo que dicte el tribunal, hay algo que ya está dicho. Cuarenta y cuatro años de silencio estatal no borraron a Luz Leticia. Ni del corazón de sus hermanas, ni de la historia de Guatemala.
En Guatemala siempre habrá personas como Luz Leticia: gente que ve la injusticia con claridad y cree que su país puede ser mejor para todas las personas. Eso es lo que ella quería. Eso es lo que sus padres, Doña Valentina y Don Jorge, buscaron toda su vida — y lo que hoy Doña Valentina, sus hermanas y miles de familias de desaparecides siguen peleando.
Como dijo Mirtala a Common Dreams hace unos meses: «Somos como una hormiga cargando un grano de sal. Así el polvo se vuelve arena, luego vendaval, y por fin tormenta».
Seguiremos buscándola. Hasta encontrarla.